“Haz algo predecible en un momento en el que ya nadie lo espere” me dije a mí mismo por la noche, con aquella imaginaria voz solemne que finjo cada que me doy una recomendación obvia.
En el desayuno siguiente pensé por qué había dicho tal frase, pero el sonido del aceite a doscientos grados centígrados y el olor de la comida quemada me impidió concentrarme.
¿Qué quise decir? No lo sé. Creo, sin embargo, que el consejo hace las veces de salvoconducto en las tediosas y calculadas aduanas que mis burocráticas amistades colocan en mi camino.
Después de todo, ¿qué consterna más al preciso experimentador sino un movimiento esperable pero, al mismo tiempo, indeseable?
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