sábado, 5 de noviembre de 2011

A partir de este momento este blog se vuelve: "Ciencia y tiliches". Es decir, la columna que aparece (hasta hoy) los sábados en el periódico "El Popular" de la ciudad de Puebla.

Mi blog personal es http://mgl-86.blogspot.com/

jueves, 20 de octubre de 2011

Jimena

Rara vez hablo de Jimena. Su imagen es uno de esos recuerdos poco sanos y poco racionales que se hacen un espacio en mi memoria y quedan ahí en un pliegue no localizable en mi cerebro, molestando como una muela adolorida.

Lo que pasó con Jimena me hace pensar que ese estereotipo llamado "destino" está hecho para romperse, que alguien acostumbrado a jugar de defensa falla los remates más fáciles, que al peor cazador siempre se le va la liebre, o algo así.

Jimena fue mi vecina por un año o dos. No me refiero a que vivíamos en la misma zona de la ciudad, ni a que nos veíamos seguido al hacer las compras o alguna de esas cosas. Vivíamos a menos de cincuenta metros de distancia en la misma unidad habitacional.

Ambos llegamos al mismo tiempo a vivir en la Ciudad de México. Los dos venimos por un intercambio académico y cursamos una materia juntos. Yo comenzaba la tesis en un laboratorio ubicado en un pasillo en el que al fondo ella investigaba alguna cosa de neurobiología. Era un escenario favorable para entablar charlas y, yo pensaba, una relación más cercana.

Jimena no poseía una belleza despampanante. Era muy blanca, eso sí. La primera vez que hablamos -hacia final del semestre- noté que su piel pálida estaba repleta de esos pequeños vellitos blancos (piel de durazno, creo que le dicen). En otra ocasión (en que salí disparado del laboratorio para alcanzarla fuera del instituto y hablar con ella) me di cuenta de que sus cejas, que me parecían muy atractivas, eran en realidad una sola y se extendían por sus sienes, atravesaban la parte inferior de su frente y se unían justo arriba del comienzo de la nariz.

Aún así, ella me gustaba y era atractiva, quiero decir, al menos no sólo para mí. Me ponía nervioso hablarle y a pesar de coincidir varias veces cerca de casa, en el autobús, en el salón de clases, en el pasillo que conectaba nuestros laboratorios y hasta en mítines políticos, sólo le hablé hasta las últimas dos clases de nuestro curso en común.

Después, nunca logré entablar una conversación fluida con ella. Ahora sé que mis preguntas eran forzadas, mis respuestas torpes y yo provocaba siempre en silencios poco cómodos para ambos. Nunca pude (nunca supe) conectar nuestros múltiples puntos en convergencia, ni siquiera nuestras aparentemente similares simpatías políticas o la vida de ratón de laboratorio que llevábamos.

Hubo un par de veces que incluso ella me invitó a acompañarla hasta la unidad habitacional donde vivíamos, pero ni siquiera así. Poco a poco sentí que ella se aburrió de mis intentos insulsos y cada vez hablamos menos. Incluso un tiempo después de que ella regresó a su ciudad natal, yo pasé por ahí gracias a un congreso en el que presenté parte de mi trabajo en el laboratorio. Poco antes de ir, le envié un mensaje a Jimena y le propuse reunirnos por allá. Al final, lo único que pasó fue que cruzamos tres saludos. Un día le hablé por teléfono para invitarla a desayunar al día siguiente, no contestó. Entonces, desistí.

El último día del congreso, yo entraba al recinto sede acompañado de unos amigos cuando me la encontré. Preguntó por un conocido en común, mis amigos y yo no supimos darle referencias y se fue. Cuando se alejó, de reojo noté que ella tenía una leve sonrisa que interpreté como un gesto de triunfo. Yo también sonreí, aunque de decepción y con muchísimo humor negro.

Los únicos puntos que había logrado conectar en toda esta aventura resultaban en la ironía de un escenario tan prometedor en el inicio con la decepción del final. Logré aceptar mi derrota casi en ese mismo instante. Regresé a la Ciudad de México y borré su número de mi teléfono celular y traté de poner punto final al asunto. Pero ese tipo de decepciones siempre quedan escondidas en la mente, por temporadas se vuelven recurrentes y la única manera de intentar combatir su pesar es hablándolas conmigo mismo o escribiéndolas en algún lugar, sea en una servilleta o en un blog.

domingo, 2 de octubre de 2011

Datos Pumas

Quizás este sábado se enfrentaron los equipos con más mirreyes en sus aficiones... quizás.

Burlarse de los aficionados del América ya no tiene ningún caso. Ellos mismos, en sí, son un chiste. En cambio, los de Pumas se toman más a pecho las trolleadas. Eso se debe a las incongruencias de un equipo que, por un lado, se dice "estudiantil", "universitario" y hasta "de izquierda" y, por otro, tiene de aficionados a Adela Micha o a Fer y Santi.

Hasta los de Molotov son fans de los Pumas ¿no es eso suficiente para que uno se muera de la risa de ese equipo?

Yo me pregunto, qué será de todos esos fans Pumas que se dicen "revolucionarios" y celebran un gol junto a un mirrey ¿qué sentirán?

Quizás los siguientes datos nos den una idea del porqué estos aficionados son así. Esto es un ejercicio de comprensión, así como debemos comprender las cosas que los adolescentes hacen por sus problemas hormonales.

Pero ¡ojo! Esto no los justifica. Después de todo: ¡qué oso irle al mismo equipo que Joaquín López Dóriga y Arturo Elías Ayub!



DATOS CURIOSOS SOBRE LOS FANS DE LOS PUMAS:

  • Aficionados de los Pumas que creen que el escudo de la UNAM en su playera es el de una empresa de Cablevisión: 74%
  • Aficionados de los Pumas que saben que Diego Rivera hizo el mural que está afuera del Estadio Olímpico Universitario: 29%
  • Aficionados de los Pumas que saben quién fue Diego Rivera: 34%
  • Aficionados de los Pumas a quienes les suena el nombre "Diego Rivera": 38%
  • Aficionados de los Pumas que creen que el trofeo que le ganaron al Real Madrid en 2004 es la Champions League: 87%
  • Aficionados de los Pumas que creen que Martín Bravo estudió en la UNAM: 58%
  • Aficionados de los Pumas que creen que irle a su equipo es una forma de activismo político: 98.8%
  • Aficionados de los Pumas que creen que Hugo Sánchez es mejor director técnico que José Mourinho: 76%
  • Aficionados de los Pumas que creen que Hugo Sánchez es más modesto que Mourinho: 89%

viernes, 16 de septiembre de 2011

¡Demonios! ¡Un cáncer contagioso!


Cualquiera que haya visto caricaturas recuerda al inquieto y glotón Demonio de Tasmania. Aunque quizás las animaciones hechas por la ‘Warner Brothers’ sean la referencia más trillada para hablar de este marsupial, no deja de llamar la atención que “Taz” apareciera frecuentemente en un ambiente televisivo que usualmente está reservado para animales que nos resultan mucho más familiares como conejos, puercos, canarios, gatos, ratones o patos.

En la vida real los Sarcophilus harrisii (nombre científico de los demonios) son muy poco comunes: sólo viven en la Isla de Tasmania, al sur de Australia, y son los marsupiales carnívoros más grandes que se conocen. Los demonios alcanzan los 80 centímetros de largo y 30 de alto, llegan a pesar 12 kilogramos y pueden abrir sus mandíbulas hasta 80 grados (los humanos usualmente sólo llegamos a 50 grados).

Son de hábitos nocturnos y emiten chillidos y gruñidos que, aunque son bastante impactantes, parecen ser parte de un ritual que impide peleas demasiado dañinas cuando varios individuos se juntan para alimentarse de un cadáver. A pesar de esto, en sus peleas no faltan mordiscos dirigidos a la cara del contrincante y actualmente este comportamiento tiene consecuencias más graves que las heridas de dientes en el rostro.

Desde 1999, el tamaño de la población de Sarcophilus harrisii ha disminuido casi un 70%. La razón es una enfermedad sumamente rara: el tumor facial de los demonios, o DFTD (por sus siglas en inglés), que afecta exclusivamente a esta especie y es uno de los tres tipos de cáncer conocidos que se transmiten como una enfermedad contagiosa. Las células cancerosas de los demonios infectados se transmiten a través de los contactos entre las heridas provocadas durante las peleas. Posteriormente, las células comienzan a proliferar en el hocico y rostro del nuevo huésped, a tal punto que impiden que el demonio pueda comer. Los individuos con DFTD mueren pocos meses después.

Aunque se ha observado que el cáncer ataca exclusivamente a esta especie, el impacto de la enfermedad ha sido tal que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y los Recursos Naturales (IUCN) ha agregado a Sarcophilus harrisii a la lista de especies en peligro de desaparecer. Y pese a que desde hace varios años se ha investigado la enfermedad y se han encontrado individuos que son inmunes, aún no se encuentra cura para los demonios infectados.
Por ahora, los esfuerzos por conservar esta especie se enfocan en criar poblaciones de demonios que no han contraído el cáncer. El destino de los demonios de Tasmania es incierto, así como el de las posibles curas para una enfermedad tan rara como el DFTD.