Subió al taxi en medio de una lluvia que él hubiese deseado que fuera más intensa. Cualquier otra persona en su situación no podría haberse sentido sino decepcionada de sí misma. Él mismo, hace un par de meses, hubiera pensado que lo que le acababa de suceder era uno de tantos pretextos que la vida nos ofrece para expresar nuestra misantropía inocua.
Cuando el taxi dobló una esquina por última vez antes de que él bajara, su mirada se dirigió al espejo retrovisor. En su boca había una sonrisa inaudita, sus ojos no expresaban ninguna clase de tristeza o decepción y el tic de su ojo izquierdo se había trasladado al cuello del pequeño perro de juguete que el taxista había fijado en el lugar del radio del auto. “Estoy de regreso”, pensó.