Lo que pasó con Jimena me hace pensar que ese estereotipo llamado "destino" está hecho para romperse, que alguien acostumbrado a jugar de defensa falla los remates más fáciles, que al peor cazador siempre se le va la liebre, o algo así.
Jimena fue mi vecina por un año o dos. No me refiero a que vivíamos en la misma zona de la ciudad, ni a que nos veíamos seguido al hacer las compras o alguna de esas cosas. Vivíamos a menos de cincuenta metros de distancia en la misma unidad habitacional.
Ambos llegamos al mismo tiempo a vivir en la Ciudad de México. Los dos venimos por un intercambio académico y cursamos una materia juntos. Yo comenzaba la tesis en un laboratorio ubicado en un pasillo en el que al fondo ella investigaba alguna cosa de neurobiología. Era un escenario favorable para entablar charlas y, yo pensaba, una relación más cercana.
Jimena no poseía una belleza despampanante. Era muy blanca, eso sí. La primera vez que hablamos -hacia final del semestre- noté que su piel pálida estaba repleta de esos pequeños vellitos blancos (piel de durazno, creo que le dicen). En otra ocasión (en que salí disparado del laboratorio para alcanzarla fuera del instituto y hablar con ella) me di cuenta de que sus cejas, que me parecían muy atractivas, eran en realidad una sola y se extendían por sus sienes, atravesaban la parte inferior de su frente y se unían justo arriba del comienzo de la nariz.
Aún así, ella me gustaba y era atractiva, quiero decir, al menos no sólo para mí. Me ponía nervioso hablarle y a pesar de coincidir varias veces cerca de casa, en el autobús, en el salón de clases, en el pasillo que conectaba nuestros laboratorios y hasta en mítines políticos, sólo le hablé hasta las últimas dos clases de nuestro curso en común.
Después, nunca logré entablar una conversación fluida con ella. Ahora sé que mis preguntas eran forzadas, mis respuestas torpes y yo provocaba siempre en silencios poco cómodos para ambos. Nunca pude (nunca supe) conectar nuestros múltiples puntos en convergencia, ni siquiera nuestras aparentemente similares simpatías políticas o la vida de ratón de laboratorio que llevábamos.
Hubo un par de veces que incluso ella me invitó a acompañarla hasta la unidad habitacional donde vivíamos, pero ni siquiera así. Poco a poco sentí que ella se aburrió de mis intentos insulsos y cada vez hablamos menos. Incluso un tiempo después de que ella regresó a su ciudad natal, yo pasé por ahí gracias a un congreso en el que presenté parte de mi trabajo en el laboratorio. Poco antes de ir, le envié un mensaje a Jimena y le propuse reunirnos por allá. Al final, lo único que pasó fue que cruzamos tres saludos. Un día le hablé por teléfono para invitarla a desayunar al día siguiente, no contestó. Entonces, desistí.
El último día del congreso, yo entraba al recinto sede acompañado de unos amigos cuando me la encontré. Preguntó por un conocido en común, mis amigos y yo no supimos darle referencias y se fue. Cuando se alejó, de reojo noté que ella tenía una leve sonrisa que interpreté como un gesto de triunfo. Yo también sonreí, aunque de decepción y con muchísimo humor negro.
Los únicos puntos que había logrado conectar en toda esta aventura resultaban en la ironía de un escenario tan prometedor en el inicio con la decepción del final. Logré aceptar mi derrota casi en ese mismo instante. Regresé a la Ciudad de México y borré su número de mi teléfono celular y traté de poner punto final al asunto. Pero ese tipo de decepciones siempre quedan escondidas en la mente, por temporadas se vuelven recurrentes y la única manera de intentar combatir su pesar es hablándolas conmigo mismo o escribiéndolas en algún lugar, sea en una servilleta o en un blog.